Sonrisas.



Desde pequeña me enseñaron que ante todo hay que sonreír, por mucho que te jodan, por muchas patadas que te den, siempre hay que sonreír.
Por eso no te ha de extrañar que, cuando me has presentado a la tal Laura o Paula como tu nueva novia, haya mostrado inmediatamente una de mis grandes sonrisas seguida de mis protocolarias preguntas del tipo: “¿dónde os conocisteis?, ¿cuánto lleváis?, ¿cómo fue todo?”, y esas falsas felicitaciones como “¡me alegro muchísimo por vosotros!” o “¡ya era hora de que alguien te centrase un poco!” en vez de fruncir el morro y largarme. A medida que la voz de tu chica se convertía para mí en un ensordecedor runrún machacante y el ambiente se llenaba de sonrisas de plástico y carcajadas enlatadas, mi cerebro ha ido presentándome uno a uno recuerdos que tú protagonizabas como si de fotogramas se trataran. Y aunque no he podido evitar que mi garganta formase un nudo, me he quedado ahí, con la sonrisa de idiota bien plantada. Porque sabes de sobra que, aunque por dentro me esté rompiendo, mi sonrisa sigue intocable, sin cuartearse. Y es por eso por lo que nunca voy a saber cómo  has interpretado mi sonrisa: si piensas que ha sido de alegría fingida o de simple alegría a secas. Puedes pensar que sólo estaba haciendo el paripé y que, en cuanto llegase a mi casa, me derrumbaría al teléfono con una amiga y una buena caja de bombones. También puedes pensar que te tengo superado y que realmente me alegro. Pero lo que no vas a saber es que, a pesar de haber creído morir cuando la he visto reír y hablar de lo bien que está a tu lado, al despedirme de vosotros y dar la vuelta para continuar mi camino, he comenzado a sonreír de verdad. He sonreído por ti, por verte aparentar ser feliz, porque tú también te lo mereces, porque tú también te mereces que alguien te quiera aunque sea la mitad de lo que me quisiste tú a mí.


Esperanza espera, I


Si hay algo peor que los romances de verano, que llegan tan veloces, despuntando en pálidos y tenues rosas por el cielo, que duran lo mismo que un domingo soleado, lleno de luz y con su propia canción, y que terminan escapándose de entre los dedos, desvaneciéndose convertidos en viento de septiembre y sombras; es que ni siquiera lleguen.

Y ella lo sabe… Sabe lo que es no poder probar el húmedo sabor de unos labios que prometían ser suyos, sabe lo que es no tener la oportunidad de tocar una piel con la que sueña noche tras noche, sabe lo que es desear con cada centímetro de su ser sentir su voz contra su cuello… Ella lo sabe muy bien.

Y así, ella espera a que eso ocurra… Espera, desesperada, a que el móvil le cuente lo mucho que él la extraña y le transforme los escalofríos que él le prometía día a día en forma de palabras. Y espera, desesperada, contándose las pestañas y calculando cuántas hacen falta para que un deseo se cumpla. Y espera, desesperada, con sus manos que juegan a ser las de él. Y espera, desesperada, en la cama, intentando atrapar tímidos y plateados hilos de luz que se filtran por las rendijas de la persiana. Hasta que, cansada, cae rendida y justo cuando el sueño empieza a hacerse dueño de sus párpados se promete a sí misma que esa será la última vez que le espere. Sin embargo, en sus sueños, mientras vuela por sus sábanas blancas, le busca, le ansía, le desea… Y le encuentra. Y se besan, y se abrazan, y se quieren.

Con la visita de los primeros rayos de luz sobre su piel, vuelve a recuperar esa esperanza de encontrarle. Ella, que aún sintiéndose ridículamente adolescente, sigue esperando…  Porque como ella dice: la esperanza lleva implícita la palabra esperar, señores. En sus planes no está otra cosa que no sea esperar. Y así lo hace: espera… Espera nada más abrir los ojos. Espera en la clase de física. Espera mientras charla con sus amigas. Espera con el viento enredando su cabello. Espera cuando el sol se despide. Espera en la cama. Espera en las sábanas. Espera con Oniria. Espera con Insomnia. Espera cuando sueña. 





Pero sobre todo, espera con todas sus fuerzas, que el frío de diciembre congele su nombre y los vientos se lo lleven muy lejos, a él y a su recuerdo.


Conversación de dos personas cualesquiera en un momento y lugar cualquiera:



–No puedo más. Necesito un descanso, desconectar de todo, de él…                                                –A veces, es lo mejor que se puede hacer. Móvil en modo avión o apagado, te enciendes el cigarro, música, cierras los ojos y… te olvidas. Parece fácil, ¿verdad?
–Y que lo digas. No sé si reír o llorar.
Ríe. Siempre todo es mejor tomárselo con humor. Hay que saber sacarle el lado gracioso a las cosas.
–Si eso se nos da muy bien. Nos reímos de nosotras mejor que cualquiera. Por cierto, ¿tú que tal vas 
con él
–... 
–¿Quieres un cigarro    
–¿Tanto se me nota? 
Querida, que soy la única que entiende tus silencios, que desnuda tus palabras, que encuentra tu dolor en cada carcajada. Y lo sabes...
–Tienes razón. Pocas personas son capaces de eso. Debes de ser de otro planeta.                      
–No, para nada… Lo que pasa es que nos compenetramos demasiado bien. Y vemos más allá de lo que el maquillaje oculta, escuchamos más de lo que la risa permite... Así que, venga, déjame que desnude lo que dices ahora.
–Con él… nada. No hay nada. Es más… dudo que alguna vez hubiera algo.
–¿Me dejas pegarle?
–Ya me voy acostumbrando… Poco a poco me voy haciendo a la idea de que será otro amor frustrado más que añadir a la lista.
–Pues… Se pierde a la mejor chica que puede haber sobre la faz de la tierra. De esas chicas que nunca se olvidan, de las que buscas entre caras de mareas anónimas.
–Ya, bueno… pero eso él no parece verlo. Me he prohibido pasarlo mal lo menos posible. He sido yo solita, por mi cuenta y riesgo, la que se ha hecho todas esas ilusiones.
–Porque es tonto, y ciego. Tanto de ojos como de corazón. Y… esas ilusiones se han creado por las esperanzas que él te ha ido dando.
–Ya, el problema es que yo no aprendo. Me ilusiono de palabras ( y eso es lo peor que se puede hacer), de palabras tontas y vacías, además.
–Pero, cariño… Tú y medio mundo tiene ese problema.
–Pues los de ese medio mundo, somos idiotas, unos completos ilusos (que viene siendo lo mismo). A ver si se nos enciende la lucecita, si dejamos de flotar entre palabras que son nubes, que parecen densas, fuertes y no son más que vapor, que al tocarlas, se deshacen en agua… A ver si abrimos los ojos de una puta vez para no seguir chocando contra las paredes del cuarto en el que nos encerramos buscando a tientas, con las manos y los labios, una rendija, un agujero cualquiera por el que se filtre algún rayo de luz que nos dé calor y nos haga sentir bien.
Lo haremos, y espero que pronto.
–Yo también lo espero.
–¿Otro cigarro?
Otro.

Cosas que se quedaron sin ser dichas.


No me cabe duda de que te he querido y te quiero, como amigo y compañero, profesor y alumno, como persona. Pero lo que no sé es si te amé a ti o a tus ganas de amarme.
Sí, definitivamente me enamoré de tu forma de mirarme, de cómo tus manos descubrían nuevas rutas en mi cuerpo (nunca antes visitadas por nadie) y del juego que se traían tus labios con las palabras, retorciéndolas, decorándolas, explotándolas, para dejarme callada.

No me enganché a tus sonrisas, ni me perdí buscando alguna veta color caramelo en tus ojos de chocolate negro. Tampoco enloquecí siguiendo el ritmo de tus pasos. Siempre me dije y te dije que no cambiaría mi rumbo por ti; aunque, en alguna ocasión, me vi analizando cada una de las huellas que ibas dejando en las aceras. Prefería tenerte corriendo detrás mía, para qué mentirte si me conoces demasiado bien.
¿Fui egoísta? Tal vez. Te quise sólo para mí y, sin embargo, yo me quise para muchos otros.

Tú fuiste el que me descubriste un mundo nuevo, un mundo que yo ansiaba devorar... pero no a tu lado.
Me diste las reglas del juego, las pistas para que no me comiesen todos los lobos feroces, me entregaste el librillo de instrucciones para ser una gran hija de puta en esto que llaman amor, en formato bolsillo para que lo llevase siempre en el bolso, por si las moscas; pero también me enseñaste cómo advertir un 'te quiero' sentido y cuáles eran los botones justos de la camisa que tenía que desabrochar para enseñar un poco de mí... y de mi corazón.

Te debo bastante y, quizás, no te lo haya agradecido suficiente.
De mí... Posiblemente, también aprendiste algo, estoy segura. Pero ahora no estoy escribiendo sobre lo que yo hice en ti, sino sobre cómo tú repercutiste en mí y en mi vida. O sí. O no. Quién sabe, porque yo no.

Puede ser que las cinco de la mañana estén calándose en mis párpados y me hagan desvariar perdiéndome entre notas de móvil y removiendo mudas pasadas del cajón. O... se me ocurre que las cinco de la mañana sean las culpables de que te eche tanto de menos y que mis dedos estén jugueteando con tu número de teléfono porque se me antoja escuchar, de nuevo, tu voz. Mientras tanto, me conformo con escribirte, desde una cama que no volverás a tocar, unas palabras que no irás a leer.

Por primera vez, esta noche, dejaré de lado todas nuestras discusiones y nuestros celos, nuestros gritos al otro lado de la línea, nuestras ilusiones atrapadas en márgenes de cuadernos y aquella esperanza de que funcionara todo esto que se nos rindió antes de tiempo; y me quedaré con lo bueno, con el cariño y la confianza, con lo bonito de nuestro tan estrambótico amor.

De mí te quedas con mi 'rock', y de ti me quedo con tu 'rap'.



Ese sueño en el que te encuentras y del que tendrás que despertar


Podría pasarme horas y horas enteras, a tu lado, jugando a adivinar lo que sueñas, lo que escondes tras esa sonrisa. Intentar acompasar mi respiración con la tuya se convierte en otro entretenimiento que hacer mientras duermes. 
La paz que inspiras, que me inspiras, es inexplicable. Me calmas, me pierdes en pensamientos tuyos que ni siquiera entiendo… Y lo mejor es que tú ni te enteras. No eres consciente de lo mucho que te quiero, de lo fuertes que están unidos nuestros lazos que llegan a parecer, incluso, cadenas. Mejor dicho… de lo fuerte que me abrazo a ti. Que sabes que no te voy a soltar. Es más, me atrevería a decir que jamás lo haré. 
No es que seas una persona importante en mi vida… No, para nada. Es que eres imprescindible en ella. Allá donde mire estás tú. En todos los recuerdos que tengo apareces, tanto para lo bueno como para lo malo. Es increíble que dos personas, sin quererlo y sin saberlo, unan sus vidas de una forma tan bonita, tan sencilla… Tan… Nuestracomo es esta amistad. 

Perdona si todo esto te parece excesivo; pero, entiéndeme, nunca pensé que llegaría a entender lo que significa ser una amiga de verdad. Los sentimientos me resultan casi o más complejos que las matemáticas, ¡y eso ya es decir! Pero tú…  me has llenado de emociones –sin saberlo, claro-. Porque, seamos sinceras, nadie como tú se ríe con mis bromas, ni nadie como tú me colma de tan sinceros abrazos. Tampoco nadie sabe tanto de mí, sólo tú… Supongo que tienes ese don de desvelarme, de desnudar mis más oscuros y guardados secretos. O tal vez, es que yo sea demasiado fácil contigo y me abra, sin mucho esfuerzo, la camisa para que puedas ver y palpar un corazón que sólo puede hablarte a ti. Tampoco nadie, excepto tú, ha estado en el momento justo en el que la lágrima empezaba a salir y corriendo, como si fuera un bombero, extinguir las mejillas encendidas con un simple movimiento de brazos.           

Creo que sigues sin darte cuenta… Soy capaz de pintarte, de dibujarte hasta ese lunar en el tobillo con los ojos cerrados, que me sé de memoria el contorno de tus hombros y la forma de tus pestañas, que conozco la curvatura exacta de tu sonrisa y los grados justos del ángulo que formas con tus brazos cuando los levantas, ladeando la cabeza y me dices: <<¡Si yo también te quiero, tonta…!>>
Lo sé, sé que me quieres; y tú sabes que yo te quiero. Pero lo que no sabes es cuánto, ni lo sabrás porque tengo la sensación de que ni los millones de besos y abrazos que te regale, ni las palabras con las que pueda hacerte estremecer, ni las risas infinitas que te logré sacar podrán explicar jamás lo que tú significas para mí.

No sé si entenderás ese rol que asumo contigo, no sólo de amiga, sino de madre, hermana, abuela, tía, profesora… Siempre tendré ojos para ti. Si te equivocas, yo te regañaré, sí, y me enfadaré también; pero haré todo lo posible por ayudarte y encauzarte de nuevo en tu camino, que es el nuestro. Si lloras, yo te abrazaré y te escucharé y seré el hombro donde escondas tu rostro mojado y el pañuelo que lo seque; pero también seré la espada con la que tú misma mates a tus bestias y el escudo que te proteja de ellas.  

Tal vez sea demasiado atenta,  demasiado pesada, como esas madres que preguntan a cada minuto cómo te encuentras ─aunque sé de sobra que eso te gusta, y que lo agradeces─, pero no puedo evitar preguntarme a qué se deberá ese brillo de ojos tan particular acompañados de esa mirada ida persiguiendo a saber qué otro sueño lleno de aventuras y romances de los que, posiblemente, tenga que salvarte como si fuera ese noble caballero de rizos dorados y plateada armadura. Nunca, léeme bien ─o escúchame, si es que pones voz a mis palabras─, nunca permitiré que te hagan daño. Y a quién se le ocurra llegar a tu vida e intentar destrozarla, como ese niño que destroza el jardín de rosas y amapolas al correr con su balón, se las verá conmigo. Pues es lo que he prometido, permanecer a tu lado en tus horas más frías y en los días de lluvia, pintar con mis dedos, como si fueran pinceles, de rosas y azafranes, nuestros colores, ese cielo que se viste de grises sobre tus hombros y aguardar el momento idóneo para soltarme de tu cintura, desatarme de ti, soltar tus alas y que vueles, sin mirar atrás, por ese cielo rosado, hacia tu Sol.




Y esto es lo que pienso cuando cierras los ojos y te observo, risueña, atolondrada, feliz y segura, entre tus sábanas que son nubes.

Hoy es el día



<<Hoy es el día>>, me repito.


Miro a mi alrededor. En cada rincón del cuarto, gobierna el caos. Me he convertido en mi propia Discordia, he acabado con el último aliento de vida que guarda la sonrisa de una niña. O de una mujer. O de una niña obligada a ser mujer. O de una mujer que se cree niña todavía.

No sé cómo lo haré, ni cuánto tiempo me llevará. Sólo sé que el día es hoy. El día en que toca enmendar cada camino mal cogido, cada mirada mal parada…

Hoy, arrojo el pardo velo que cubre el espejo. Sigo sin poder mirar en él, poca claridad, demasiado nebuloso.  <<¿O soy yo la que está turbia, cubierta de nubes grises.>> Ya no hay tiempo para preguntas, no hay lugar para sentarse con la cabeza hundida entre las piernas. Ahora sólo hay que adecentar el propio universo, para no caer en el abismo, en el monótono y cruel abismo. Abrillanto los marcos de las fotografías en blanco y negro, con esas miradas congeladas en el tiempo (de personas) que quiero conservar. Desempolvo las estanterías y los libros, por qué no, de algunos recuerdos.  <<¿Abro el armario? ¿O mejor lo dejo para otro día>> <<¡NO! Como decía Benjamin Franklin: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.>>
Lo abro y unas cuantas mariposas ¿o son polillas? ─salen a recibirme. <<¿Tanto tiempo llevaba cerrado?>>, me pregunto. Hay que remendar los puños de las camisas y coser algún que otro parche a un par de pantalones. <<No pasa nada, les dará un aire vintage.>> Me enfundo en unos denim no demasiado viejos pero sí muy desgastados y, por primera vez, el espejo me muestra mi yo verdadero. Ya no soy una extraña. Hoy me gusta mi sonrisa y mis ojos... Mis ojos ríen, sueñan, brillan como nunca.

<<¿Qué más queda?.>> Arriba, en la estantería, una caja. No llego, demasiado alto para mí, no puedo alcanzarla. Pero… No. El 'no puedo' ha sido barrido junto con las inseguridades y los ácaros. Me alzo en unos tacones. Los más altos de todos. Los más bonitos, los más llamativos. Sí, esos peep toe rojos rubí. ¿Cómo no sentirme igual de fuerte, segura y sexy que Dorothy de baldosa en baldosa? 
Tomo la caja, la toco, la abrazo, la llevo a mi pecho, la huelo y sonrío. Vainilla y canela, con un toque de acrílico. La abro. Son mis pinceles, mis acuarelas y mis gouache, los carboncillos y los lápices. Intactos colores. Rosas, amarillos, añiles, verdes, malvas…           

<<Ya está todo, ¿no? ¿Qué me falta?>> Ah, claro. Carmín y sombras. Labios vibrantes, depredadores, infalibles… Rojos. Ese Rouge Allure de Chanel, número 37.  Ojos verdes, felinos, hipnóticos... Mucho kohl y mucho rímel. Waterproof, claro, hay que estar preparada para cualquier imprevisto. 

Y ahora, encanto, ya lo tienes todo. Coge tu carpeta, bajo el brazo, llena de colores e ilusiones y sal a la calle pisando con fuerza, quemando la acera sin tropiezos ni dudas. Y demuestra a todos lo que vales. Enséñales quién eres. Hoy es tu día.

Diecinueve de junio


Noche oscura. Cuatro paredes rosas. Unas sábanas pegajosas. Un ventilador moviendo el aire más rápido de lo normal. Mi gato maullando, protestando, clamando mi atención. La música alta, tan alta que mis padres se quejan de que no les contesto cuando me llaman.

Pero por encima de todo ese ruido, más allá de esta cama blanca, de ese oso relleno de algodón con ojos sonrientes, las bestias empiezan a salir de su prisión. Doblan los barrotes de su jaula de diamante. Rompen los cristales y espejos de los pasillos de mi mente. Ensucian los momentos que he ido llenando de color a cada pincelada, que he ido dando forma a cada trazo con mi carboncillo. Arañan las paredes malvas de mi alma. No hay vuelta atrás, ya han salido y no repararán en los daños que puedan ocasionar. Toman el mando y envían lágrimas al campo de batalla destruyendo una piel, derribando un muro.              
Y me quedo indefensa, sin saber bien qué hacer. No hay tiempo para pensar, sólo para la demencia, para los ataques, las taquicardias, los arañazos, los terremotos.
Hay gritos en silencio, ahogados en una almohada o atrapados entre los mechones de mi pelo.                                    
Han vuelto a ganar. Me han vuelto a derrotar y, triunfantes, regresan de donde vinieron, de donde cada cierto tiempo escapan con toda su artillería. Estoy exhausta, a duras penas escribo mientras me acompaña el sonido de mis dedos bailando en el teclado.

Ya ha pasado todo, ahora me toca remendar mis heridas con jirones de mi propia piel, con aguja hecha de hierro y con hilo de seda, la seda que todo lo calma, que todo lo cura.

Bella idiota

¿Cómo explicarte que cada mentira que nace de tus labios se congela y cae como cuchillos de hielo clavándose en este pobre y cansado corazón? ¿Cómo hacer para que entiendas que los besos que regalas a ese imbécil arrogante los siento como puñaladas limpias en cada costado de mi alma?

Pero como buen perro, fiel y obediente, enredado entre tus piernas, me conformo con las sobras. Con los besos desgastados y las sonrisas fingidas, con ese fruncir de labios tuyo y ese arqueo de cejas.
Quisiera saber dónde fue ese amor que creíamos eterno, dónde quedaron las sábanas teñidas con el rosa de tus labios y amaneceres
Dime, bella idiota, ¿en qué oscuro recoveco guardas nuestras risas, esas noches de amor y de caricias con las yemas de los dedos convertidas en recuerdos?

Al poner precio a tu corazón, ahora sólo se llena con banderas de diamantes y plumas perladas. Cambiaste un amor puro, de verdad por unas cuantas noches de lujuría y, también, por gargantillas de noche.

¿A qué esperas para irte, abandonarme y hundirme en el pantano de lágrimas y cruda realidad? ¿O es que acaso estás esperando a que el último portazo, el último grito lo dé yo?

Tu cuello desnudo bajo la mirada amarillenta de una lámpara, creando un perfecto claroscuro. Matices y sombras. Inspiro. Me pierdo en el almizcle que desprendes y la lavanda y el espliego que por la ventana llega y me abraza fuerte. Cierro los ojos… Tú, con el rostro iluminado cuando con mi primer sueldo te compré aquella pulsera. Abro los ojos y te observo. No sin cierta nostalgia, intento grabarte, fotografiarte, congelarte para siempre en mi memoria. Así, como una rama de cerezo, como la espuma de las olas al chocar, bella como tú sola.

Ahora, sin portazos ni chillidos, me despido… Oh, bella idiota…