Sonrisas.



Desde pequeña me enseñaron que ante todo hay que sonreír, por mucho que te jodan, por muchas patadas que te den, siempre hay que sonreír.
Por eso no te ha de extrañar que, cuando me has presentado a la tal Laura o Paula como tu nueva novia, haya mostrado inmediatamente una de mis grandes sonrisas seguida de mis protocolarias preguntas del tipo: “¿dónde os conocisteis?, ¿cuánto lleváis?, ¿cómo fue todo?”, y esas falsas felicitaciones como “¡me alegro muchísimo por vosotros!” o “¡ya era hora de que alguien te centrase un poco!” en vez de fruncir el morro y largarme. A medida que la voz de tu chica se convertía para mí en un ensordecedor runrún machacante y el ambiente se llenaba de sonrisas de plástico y carcajadas enlatadas, mi cerebro ha ido presentándome uno a uno recuerdos que tú protagonizabas como si de fotogramas se trataran. Y aunque no he podido evitar que mi garganta formase un nudo, me he quedado ahí, con la sonrisa de idiota bien plantada. Porque sabes de sobra que, aunque por dentro me esté rompiendo, mi sonrisa sigue intocable, sin cuartearse. Y es por eso por lo que nunca voy a saber cómo  has interpretado mi sonrisa: si piensas que ha sido de alegría fingida o de simple alegría a secas. Puedes pensar que sólo estaba haciendo el paripé y que, en cuanto llegase a mi casa, me derrumbaría al teléfono con una amiga y una buena caja de bombones. También puedes pensar que te tengo superado y que realmente me alegro. Pero lo que no vas a saber es que, a pesar de haber creído morir cuando la he visto reír y hablar de lo bien que está a tu lado, al despedirme de vosotros y dar la vuelta para continuar mi camino, he comenzado a sonreír de verdad. He sonreído por ti, por verte aparentar ser feliz, porque tú también te lo mereces, porque tú también te mereces que alguien te quiera aunque sea la mitad de lo que me quisiste tú a mí.